Soynadie

6 noviembre, 2012

Mitt Romney: el menos troglodita de los republicanos

Filed under: General — Etiquetas: , , , — soynadie @ 9:07

Si esto fuera un combate de boxeo, que lo es en muchos sentidos, el árbitro saldría al centro de la lona y micrófono en mano diría:

“Distinguido público, señoras y señores, silencio por favor: a mi derecha, Mitt Romney, 65 años, ex gobernador de Massachusetts, estudió Derecho y Negocios en Harvard; a mi izquierda, Barack Obama, 51 años, Presidente de Estados Unidos, estudió Derecho en Harvard. El ganador lo será no por puntos sino por KO técnico tras conseguir 270 votos del Colegio Electoral. ¡A sus puestos!”

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Ahí lo tienen, Mitt Romney, rico, mormón, parece un robot y es más aburrido que un día sin pan.

Nadie sabe todavía cómo un candidato con tan poca empatía con la gente de la calle tuvo la ocurrencia de saltar al ring.

Como su padre, que nació en una colonia de mormones en México, Mitt es un hombre de acción.

Desde pequeñito le enseñaron que debía hacerse rico
porque eso era lo decente en una cultura de meritocracia calvinista donde el éxito en los negocios es signo de virtud pública y privada.

Aprendió de su padre a ganar y a perder pero siempre desde la perspectiva de que lo importante no era participar sino ganar.

Este Romney Senior fue en Detroit presidente de la American Motors, consiguió ser Gobernador de Michigan y luego quiso ser Presidente de Estados Unidos, pero se estrelló frente al “sucio de Nixon” que era cuáquero y perro viejo en esto de trasegar votos republicanos.

Era la época de Vietnam y al ingenuo de Mr. Romney se le ocurrió decir que tal vez lo mejor y más decente para el país era repatriar los marines, y aquí paz y después gloria. Se hundió y luego acabó siendo Kissinger el que hizo el lenguaje final con Hanoi y ganó para mayor escarnio el Premio Nobel de la Paz.

Su hijo, que había pasado 30 largos meses como “misionero” mormón en Francia, estaba decidido a no seguir los pasos de su padre en la política, pero sí en los negocios.

El Señorito Romney habló con su padre, que entonces era ministro de Vivienda con Nixon, prebenda con la que el cuáquero quiso curar las heridas en las primarias republicanas, y le dijo que “nanay”, que tenía que matricularse en la Escuela de Derecho de Harvard para saber lo que vale un peine en la vida pública y luego hacerlo en la Escuela de Negocios para ganarse la vida.

Así lo hizo y durante cuatro largos años un Romney ya casado y con hijos hizo un programa conjunto de Derecho y Negocios que le convirtió en un estudiante modélico: sacó matrícula de honor en una y otra escuela, y cuando se graduó el Boston Consulting Group lo fichó como consultor junior.
En Harvard hizo vida de eremita: vivía en un modesto apartamento de Belmont, un suburbio de Boston, al otro lado del río y de Cambridge. Se empollaba los casos de Derecho y Negocios como nunca se vio en Harvard. Los mejores estudiantes querían estar en su grupo. Nunca le vieron de fiesta o protestando contra la guerra de Vietnam, que era lo que se llevaba en aquella época.

Fue, eso sí, miembro de la primera promoción de estudiantes de la Harvard Business School que iban a clase sin chaqueta ni corbata, algo que en aquellos años fue una conmoción al otro lado del río donde está la HBS.

En el piso 16 del Boston Consulting Group trabajó con otro novato que venía de la Escuela de Negocios del MIT, un judío que hoy es el Primer Ministro de Israel: Benjamin Netanyahu.

El candidato republicano a la presidencia, Mitt Romney, participa en un acto de campaña. EFE/ArchivoRomney se hizo famoso por su capacidad analítica. Era un consultor nato. Y por eso se lo robaron unos ex consultores del BCG que acababan de crear el Bain Group.

Bill Bain, su fundador, estaba cansado de ver cómo los McKinseys y BCG de este mundo diseñaban fantásticas estrategias para sus clientes pero no implementaban nada de lo que recomendaban. En Bain no, ellos decidieron especializarse en un cliente por industria, prometer confidencialidad y exclusividad de por vida, acompañar a cada cliente de principio a fin, ligando sus ingresos al éxito del cliente y, en muchos casos, invirtiendo ellos mismos en esas empresas o buscando inversores externos.

Mitt Romney acabó siendo en muy pocos años el consultor estrella de Bain, tanto que cuando le propuso al fundador la idea de Bain Capital, otra unidad de negocios dedicada exclusivamente a administrar patrimonios, Bill Bain le nombró socio y presidente de la nueva empresa.

Ya rico, con cinco hijos, cuatro mansiones a lo largo del país, y muchas horas dedicado a cuidar de la comunidad mormona de Belmont, donde llegó a ser uno de sus “obispos”, a Romney le picó el virus de la política.

Decidió disputarle nada menos que a Ted Kennedy una plaza de senador por Massachusetts. Perdió, pero esa misión imposible le hizo ver que no era tan difícil ganar. Había que ser tozudo y cabezón, y en eso nadie le tenía que enseñar nada.

Así volvió al ring electoral para ser el candidato conservador para gobernador del estado de Massachusetts. Y ganó.

Toda la asamblea bostoniana estaba controlada por demócratas y liberales, y por eso lo primero que hizo fue ver a Ted Kennedy, que era el “boss de bosses”, y pactó una política de acuerdos bipartistas que en solo cuatro años le permitieron cuadrar las cuentas de un estado al borde de la quiebra y aprobar una ley de asistencia sanitaria que aseguraba a todos los habitantes del estado, legislación en la que luego se inspiró Obama para, a trancas y barrancas, sin acuerdos bipartidistas, aprobar el ObamaCare, una ley federal similar a la de Romney en Massachusetts.

Eso, claro, todavía no se lo han perdonado muchos republicanos. Y por eso, cuando en 2008 decidió presentarse como candidato en las primarias presidenciales, la derecha más recalcitrante le pasó factura, le dejó en la cuneta poniendo en órbita al viejito e inofensivo John McCain que fue barrido por Obama y su “Yes, We Can”.

Hasta aquí, como habrán podido comprobar, el señorito Romney había seguido fielmente los pasos de su viejo: primero se hizo rico, luego fue gobernador y a continuación, como el Senior, perdió unas Primarias Republicanas.

Pero a diferencia del padre, Romney Jr. volvió a la carga y el 2 de junio del año pasado, subido a un remolque de tractor en una granja de New Hampshire, anunció que se presentaba a las elecciones de 2012 para ser “el próximo presidente de Estados Unidos”.

Hizo sus cuentas, buscó sus asesores, y estudió sus posibilidades con la misma frialdad, minuciosidad y perfeccionismo con la que estudiaba sus “casos” en Harvard.

Le dijeron, claro, que estaba loco. En un Partido Republicano polarizado frente al “socialista” Obama, el pragmatismo de Romney era una broma de mal gusto, así que tuvo que vérselas con una panda de dinosaurios republicanos frente a los cuales vendió su acreditada capacidad de negociar con el enemigo, un centrismo táctico más que ideológico y, sobre todo, unas maneras propias de un caballero que siempre comió caliente.

Y sucedió lo inesperado, que frente a la jauría republicana donde unos y otros se peleaban por el “yo soy más bruto que tú”, la mayoría republicana del país empezó a inclinar la balanza en su favor, y en agosto de este año, el menos republicano y troglodita de los republicanos fue proclamado candidato a Presidente.

En la Casa Blanca se frotaban las manos viendo la implosión de los republicanos y tampoco quisieron reconocer que Romney era un rival de cuidado, sin embargo la intervención en la Convención Republicana del guasón de Clint Eastwood con su parodia sobre la silla y un presidente missing hizo estragos.

 Mitt Romney. AFPPero los demócratas siguieron dormitando como benditos y ello explica el susto de muerte que se produjo en Denver cuando Romney en el primer debate presidencial atropella a Obama y le da un revolcón del que apenas ha podido recuperarse tras meses de letargo que ahora se han convertido en frenéticas jornadas tratando de parar la posible victoria del pérfido mormón.

¿Que cómo se ve este desaguisado final desde Harvard?

Vamos a ver: Obama lo sigue teniendo fácil. Y más aquí en Nueva Inglaterra, donde todo el pescado está vendido. Para muestra, un botón. Un profesor de Ciencia Política de Harvard me dice: “mire usted, aquí Romney lo tiene claro. No le van a votar casi ni los mormones y, si lo hacen, como son muy pocos, eso será música celestial”

Dicho esto me pasa estos datos que son contundentes: “vea estas listas de donantes, profesores y empleados del propio campus de Harvard. Romney ha conseguido recaudar de su antigua Alma Mater un total de 81.000 dólares de 65 donantes, entre ellos, eso si es verdad, el famoso Michael Porter, que contribuyó con 5.000 dólares. Pero vea ahora lo que ha rascado Obama. Nada más y nada menos que 587.508 dólares de 844 donantes de Harvard. Lo que le digo, victoria por goleada”.

Pero a Romney no le preocupa Massachusetts o lo que puedan pensar los profesores de Harvard. Él da por descontado que va a ganar en el resto del país, los Estados Unidos de verdad, y por eso todos los lunes de cada semana su campaña se paraliza y se pasa el día con Mike Leavitt, antiguo gobenador de Utah, quien estaría llamado a dirigir su “equipo de transición”. Con él ha preparado un plan para los primeros 200 días.

Sin embargo, el optimismo de Romney puede darse de bruces ante el que fuera primer presidente de raza negra, una hawaiano que hace cuatro años hizo historia y que, como el republicano, estudió en Harvard, dijo en su día, “para entender cómo funciona el sistema”.

Mañana: Barack Obama, el primer estudiante negro que llegó a ser presidente de la Harvard Law Review

Fuente: Yahoo.com

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